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“Crímenes del futuro”: el maestro del body horror imagina el mundo sombrío que late en el presente

En los primeros minutos de Crímenes del futuro, la nueva película del canadiense David Cronenberg, un niño es asesinado. Sin la mediatización de una bronca violenta, sin el amparo de una explicación tranquilizadora sobre el bien y el mal. Como si el director plantara bandera (roja), una advertencia para espectadores desprevenidos sobre lo que vendrá, full disclosure.

La expectativa por el regreso de Cronenberg era muy alta, como contaron las crónicas de Cannes, donde se presentó el film. El mundo estaba esperando saber qué tenía para decir sobre el mundo el hombre que hizo explotar cabezas parlantes, introdujo cintas de video en el abdomen de James Woods o convirtió a Jeff Goldblum en una mosca.

“Crímenes del futuro”, la película con Viggo Mortensen y Lea Seydoux, está a la altura de las circunstancias.
“Crímenes del futuro”, la película con Viggo Mortensen y Lea Seydoux, está a la altura de las circunstancias.

La película que puede verse por estos días en la Sala Lugones, con entradas agotadas, y que el 29 de este mes estrena en la plataforma Mubi, es la historia de Saul (Viggo Mortensen) y Caprice (Lea Seydoux). Una pareja de artistas performáticos, habitantes de un futuro en el que el dolor ha sido reemplazado por el placer, provocado por las intervenciones y los cortes en el cuerpo.

Como un paso más allá en el trabajo de Orlan, la artista francesa que hizo de sus cirugías piezas de arte contemporáneo, Saul produce y nutre, da vida, a órganos nuevos. Piezas de extraños diseños que crecen en su interior, convirtiéndolo en una especie de obra viva y radical, reverenciada entre los círculos de apreciadores de la performance. Un público que los rodea, con sus cámaras y celulares para grabar lo que sucede cuando Saul, postrado, se presta al bisturí de Caprice.

El maestro del body horror toma al body art (que por supuesto, también es horror), e imagina, a partir de esa idea, un mundo oscuro, en el que esa nueva “normalidad” genera tensiones, clandestinidades y locura. Otras formas de dolor, más profundas a las que pueda producir el corte de un bisturí o un órgano, ejem, mal digerido.

Saul (Viggo Mortensen) y Caprice (Lea Seydoux) son artistas performáticos, habitantes de un futuro en el que el dolor ha sido reemplazado por el placer.
Saul (Viggo Mortensen) y Caprice (Lea Seydoux) son artistas performáticos, habitantes de un futuro en el que el dolor ha sido reemplazado por el placer.

En una ciudad portuaria, sombría, decadente. Entre gentes distantes, desconfiadas, los protagonistas son suaves, cálidos, amorosos. Artistas interrumpidos en su dulce y extraña intimidad por una trama casi policial que mezclará la violencia con las presiones del espectáculo snob de la belleza interior. Hay un policía que trafica información acerca de los que manipulan mutaciones humanas, y burócratas (con una graciosa Kristen Stewart), de un registro de órganos que parece escapado de un film noir, fascinados con el talento del protagonista.

Es que Saul, con su belleza pálida, lampiña, hablando en susurros, tapado como un monje o un hechicero, y con el cuerpo cubierto de cicatrices, es un personaje único. Un artista inteligente y con sentido del humor que sufre (por sus propios pecados) en un permanente estado delicado. Y en un universo que le permite a Cronenberg exponer un mapeo de los crímenes del futuro, esos en los que los humanos trabajamos todos los días, incluyendo la transformación de lo extremo en espectáculo. Como advertencia, es tan sombría como precisa, y sin necesidad de levantar dedos acusadores.

Saul, con su belleza pálida, lampiña, hablando en susurros, tapado como un monje o un hechicero, y con el cuerpo cubierto de cicatrices, es un personaje único,
Saul, con su belleza pálida, lampiña, hablando en susurros, tapado como un monje o un hechicero, y con el cuerpo cubierto de cicatrices, es un personaje único,

En estos tiempos de medianía y caminos asegurados, el cineasta, incorruptible, sigue siendo capaz de caminar por los bordes. Tomando riesgos, apostando a ideas desafiantes, incomodando desde el minuto uno. Con una puesta impecable, incorporando al espectador a una historia con derivas impiadosas. De esas que enfrentan a los personajes con sus principios, con su identidad. Incluso a unos acostumbrados a jugar con sus propias entrañas.

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